Tiempo

De un golpe de aire, se levantan hojas secas del suelo,
se elevan sobre los techos de las casas,
pudiendo ver desde esa latitud un paisaje diferente al que conocían hasta entonces.
No pueden acabar de convencerse de lo que divisan desde esa altura, no pueden creerlo.

Observan los movimientos de las personas,
las diferentes situaciones que se viven a diario, desapercibidas habitualmente,
ya que desde el suelo, mientras la gente anda, nadie se fija en los transeúntes pasando por su lado. Sus ojos, se pegan al suelo teñido de gris; se limitan a ver, el movimiento de sus pies.

No notan esas tímidas cosquillas que se transforman en curiosidad y crean la necesidad de alzar la mirada y ver que nos envuelve.
Se pasan las horas obviando la posible sonrisa de alguna persona, ensordecen un “buenos días”. Levantan un muro de aislamiento en una batalla contra la comunicación.

Poco a poco las hojas van descendiendo y el aire pierde fuerza. Estas damas vestidas de amarillentos colores, van balanceándose con sigilo para aposentarse de nuevo en el suelo.

En su discreto planeo, otean a un hombre y a una mujer sentados en un banco de un parque, sin mirarse, ni tan solo un instante.
Sus ojos están ciegos de ilusiones, faltos de vida.
Sin hablarse, haciéndose amigos de un silencio impuesto por la apatía de una rutina,
llena de días vacíos.
Están en ese banco, desprovistos del roce de sus manos.
Ellas, desnudas de emociones, desesperadas por querer avivarse, ansiosas porque alguien las recorra, las acaricie y con suerte, sueñe.

Al fin, llegan las hojas al suelo y el aire ha parado. Se quedan quietas en el punto de partida en el que todo se inició. Aunque nada es lo mismo. Ahora tienen otra visión, otra percepción de todo lo que las rodea.
Quieren creer que las personas llegarán a darse cuenta de las horas perdidas colocando barreras a todo lo diferente y lo nuevo. Por miedo a que pueda llegar a gustar, a emocionar, a hacer sonreír a los demás, aunque sean extraños. Les espanta el que dirán o pensarán los demás.
Habitantes del pánico a compartir pequeñas cosas con quienes forman parte anónima de su vida, prohibiendo así, cualquier indicio de cariño y … quien sabe si amor.
Complicado es. Tener encarcelado el corazón y esposadas las manos
por si a uno se le disparan las pulsaciones al emocionarse y a ellas por si pretenden acariciar otra piel.

Esperan que todo cambie. Solo hay que esperar que pase el tiempo.

Fulles

 

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