Domingo

Acostumbrada a su soledad, pasaba las mañanas, olvidando el día anterior. Pensaba que la memoria lo único que hacía en su cabeza, era sobrecargarla de peso. El olvido era su más fiel compañero. Ninguna persona podría ocupar su lugar. Ese agrietado y oscuro hueco que tenía años atrás, fue cubierto por su gélida manta de atípica compañia.

Los fines de semana no solía salir demasiado. Alguna que otra salida al cine, alguna cena de uvas a brevas y una vez al mes, salía a ver escaparates de las tiendas que inundaban el centro de la ciudad. En ellos, solo veía una lánguida figura con cabellos color negro azabache, algo encanecidos y casi sin peinar.

Una tarde se atrevió a mirar más allá de ese gigante cristal que separaba dos mundos; el desconocido y el suyo propio.

Vio entonces al otro lado, maniquíes con ropajes coloridos, esbeltos, con la cabeza bien alta. Justamente en la posición contraria a la suya. Siempre supo conocer mejor las baldosas del suelo que pisaba. Siempre ellas por delante de quien por su lado pasaba, gente non grata a su mirada, por temor o sentido de inferioridad, tal vez.

Su mirada quedó fija en el maniquí, que se encontraba a su izquierda, en la expresión de su cara de plástico, pudo ver más felicidad que en la suya propia. Sus piernas, poco a poco desconectaron de ella y avanzaron sigilosamente sin consultarlo. Cuando quiso darse cuenta, vio que sus pies, le habían adentrado en el comercio, le llevaron a un destino jamás pensado.

Nerviosa y tensa ante tal cambio, no sabía qué hacer. Sus manos le temblaban. Miraba con los ojos como platos a las dependientas. Quería articular palabras, aunque fuera solo una; pero sus labios se volvieron carceleros y le vetaron de tal derecho. Su respiración entrecortada y la visión, por momentos, se nublaba.

Una chica se acercó hasta ella y le preguntó: “¿Qué desea?”. Ella inmóvil, pensó en responderla: “Nada”, pero hizo un giro de ciento ochenta grados y cogió un vestido de tonos anaranjados y talle ajustado, colgado en un perchero metálico que tenía justo detrás de ella.

La dependienta le preguntó, que si ese vestido era de su talla y ella asintió. Fue a caja y lo pagó sin pasar por el probador. Salió disparada de la tienda directa a su casa.

Dejó la bolsa con el vestido encima la mesa del comedor y se olvidó de ella. Se puso la tele de fondo. Imagino que pensó que le haría compañía. Se hizo la cena y se acostó en el sofá.

Cuando despertó, el Sol estaba ya levantado desde hacia unas horas. Eran las diez de la mañana y ella nunca se despertaba más allá de las ocho cada día, sin importar que fuera martes, jueves o domingo.

Se tomó un café con leche y un par de galletas; esas que tienen nombre de mujer. Eso y una ducha con agua fría era un ritual diario, jamás se lo saltaba. Era de los pocos momentos en los que se sentía verdaderamente a gusto consigo misma.

Tras eso, se quedó sentada en aquella silla de cocina que hacía meses dejó puesta junto a la mesa del comedor. No quedaba nada bien, pero tampoco venía nadie a casa para criticar tal cosa. Miraba fijamente a la pared que tenía delante con las pupilas congeladas, sin pensar en nada.

Despertó del momentáneo letargo y miró hacia un lado. Allí encontró aquello que la tarde anterior había dejado, el vestido comprado a la desesperada dentro de la bolsa de papel.

Se sonrió, se levantó y se llevó la bolsa hasta su desordenada habitación.

Minutos después, el Sol le rodeaba y le acariciaba sus cabellos azabache. Esta sensación era totalmente desconocida para ella. Su memoria en un día incierto, apretó el botón de “enviar a la papelera” y dejó todo recuerdo positivo y placentero en lo más hondo de una montaña de escombros crecida tras un terremoto de decepciones.

Se atrevió a mirar al Sol, le esbozó una sonrisa y a ella sumó un amago de tímida risa y el aire la hizo llegar hasta él. Se miró de arriba a abajo, desde sus zapatos de tacón, su vestido entallado al que una ligera brisa lo hacia bailar lentamente. Miró el edificio que tenía sus espaldas, el lugar donde estaba su casa y hasta entonces, el lugar que fue su guarida. Suspiró y se puso a caminar.

Paseando sin rumbo, sin prisa y mirando a toda la gente que en su camino se cruzaba. Sin descaro, con gesto amable. Sintió como sus pesadas cadenas se iban soltando, cayendo al suelo, sonando a gloria como una bella melodía. Cada anilla caída le hacia sentirse más cerca de la libertad. Se topaba con señales que descontaban los minutos que faltaban para cumplir tantos años de condena y de desolación.

Empezó a chispear justo en el momento en que se dispuso a pasar al otro lado de la calle. Abrió su paraguas y  fue cruzando con largas zancadas, todas las líneas blancas de un despintado paso de peatones. Al llegar al otro lado, recordó un lugar donde solía ir ocho años atrás. No sabía si era buena idea ir a tomar algo a la terraza de ese bar que tanto le gustaba en aquella época. Se enfundó de valentía y se dirigió hacia allí.

Tropezó con una baldosa levantada y cayó bruscamente al suelo de costado. Despertó y se encontró en otro lugar. Acostada sobre una cama grande y tapada hasta media cintura. Notó el calor de alguien a su lado a quien no veía con claridad porque la luz del día no lo quiso permitir. Aunque su aroma era más que familiar. Se movió y se puso enfrente de ella para que pudiera salir de dudas. Le dijo: “Hola cariño, hoy a vuelto a salir el Sol solo para nosotros”. Ella sonrió y rompió a llorar de alegría y le dijo: “Hola Domingo, por fin vuelvo a verte. Ahora el destino se ha quedado sin cartas y no podrá hacer nada para separarnos nunca más”.

 

 

 

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