Rozando el abismo

Una mano desconocida por su cuerpo, roza las teclas de un piano inusual.

No desprende música al uso, ni suenan sus cuerdas perfectas tras el roce esquivo, conciso y breve de un diapasón. Éste afina las cuerdas de cualquier instrumento pero no puede templar la piel de una persona.

Es imposible controlar todo lo que acontece. Tras una caricia, un profundo abrazo, besos cortos que se convierten en provocadora sensualidad. Imparable, se desata el canto del deseo embravecido, el alarido de seres descontrolado por la coctelera de sentimientos acumulados en su interior.

Parece que se vayan a descorcharse a presión, el creciente placer en forma de salada agua y hambre por devorar. Las fuerzas se agotan, tras haber estado rozando el abismo de lo prohibido, y caen dos cuerpos extasiados sobre una cama.

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