Al otro lado

No pudiste ver como buceaba desde los pies de la cama hasta llegar al cabo de la cama, a la almohada. Y, justo ahí, reposaba tu cabeza. Ni siquiera notaste mi respiración. Fui invisible a todos tus sentidos como una medusa transparente, casi imposible percibir hasta que decide aparecer y rozar a su presa.

Es entonces cuando el tacto percibe una presencia extraña, cuando la respiración se altera, la boca se seca, la vista se pierde intentando localizar a quien o qué le ha tocado, y el oído, intenta agudizar el sensor, esperando que le oriente y localice, al ser que le ha perturbado la piel.

Es entonces cuando despiertas, enciendes la lámpara de la mesita de noche  y súbitamente te das media vuelta y me encuentras, a tú lado, justo ahí, al otro lado de la cama.

Me sonríes y tu forma de mirar me lo cuenta todo. Ahora, por fin nos hemos encontrado. Solo  falta que apagues de nuevo la luz.

 

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Concierto del agua

Su boca solo escupe sandeces que manchan de gotas la tierra. Saliva envenenada y aún así el suelo agradece que él abra sus labios con fuerza y rabia y espera con impaciencia, otra retahíla más de palabras negruzcas y rostro enrojecido.

El suelo está seco, la hierba amarillo agónico y las flores se petrificaron hace meses. No llueve y ese agua a cuentagotas es bendecida por la tierra ya que casi no recuerda que es la lluvia. Cree recordar que es una cortina de gotas cayendo sinfín, iluminadas por unas ráfagas de sonido y luz alternativamente. Le llaman el concierto del agua.

Mientras no vuelvan a tocar todos los músicos en ese mismo escenario con su húmedo y refrescante repertorio, tendrá que conformarse esta, nuestra tierra con seres que blasfemen y saliven, en la montaña y en soledad.

Algo llamado Amor

Durante las vacaciones de verano nos da tiempo a reorganizar un poco nuestra casa, a descansar, a disfrutar de las horas que parecen perdidas y menguantes en la eterna época del año en la que las manecillas del reloj pasan a llamarse: rutina laboral. Es decir, durante los once meses restantes del año. En el periodo vacacional podemos descubrir lugares con grandes historias. Lugares que por suerte, no aparecen en las guías turísticas más conocidas. Este verano he tenido la oportunidad y gran suerte de descubrir uno de estos rincones en el Pirineo catalán, en la Vall d’ Aran.

En este valle, rodeado de montañas pintadas de verdes claros, otros oscuros y siempre intensos. De cimas agrestes, casas pintorescas con tejados cubiertos de pizarra que soportan las continuas nevadas invernales. Un valle salpicado de iglesias románicas repletas de recuerdos históricos, que solamente sus muros conocen desde hace unos cuantos siglos ya. En este bello lugar, existen pequeños pueblos donde habitan y vivieron personas con una vida que podría estar, sin lugar a dudas, plasmadas en un libro.

En uno de estos bellos pueblos araneses donde parece haberse parado la manecilla que marca las horas del reloj. En un lugar con aroma a hierba fresca, en Bausen, existe una de las historias más románticas que jamás conocí.

A principios del siglo pasado, hacia 1908, en este lugar habitaba una chica llamada Teresa. En aquella época, en la Vall d’ Aran era más importante el nombre de la casa donde provenías que tu propio apellido. Cuentan que, una de las obligaciones de todo descendiente de cada casa, era conservar el patrimonio familiar y, justamente por ello, la gente del lugar, se conocía por el nombre de sus casas.

Volvamos a la historia…

Teresa era oriunda de Bausén al igual que su amor, su primo Francisco. Teresa provenía de la casa Belana y Francisco, de la casa Doceta. No se sabe con exactitud si eran primos segundos o primos hermanos. Este pequeño detalle no importa demasiado, es más liviano que el resto de esta apasionante historia (al menos para mí). Pese a la época que era, este amor entre primos no era para nada un escándalo para sus paisanos, ya que eran (y siguen siendo), pueblos muy pequeños, donde vivían pocas familias y no había  casi gente foránea. Por lo tanto, enamorarse de un familiar era bastante común.  Hasta para el párroco local. Como sabemos los párrocos tienen una forma de ver la vida poco o nada liberal. Todos los enamorados que querían casarse, fueran familia o no, tenían que pasar por el despacho parroquial a pagar “la aprobación eclesiástica” de su amor.

Teresa y Francisco se negaron a pagar este peaje para que la iglesia diera a cambio de dinero, el beneplácito al amor de ambos. Se cuentan varias versiones sobre la posible razón por la que la pareja se negara a ceder ante este injusto pago ante la Iglesia y entrega monetaria a su representado local. Una de ellas dice, que no lo podían pagar, que el importe a pagar era excesivo para personas de linaje humilde. Otra versión cuenta que Francisco se pasaba el invierno trabajando en Francia, no hay que olvidar que era una época muy dura y las gentes del Valle, iban a trabajar a poblaciones francesas fronterizas porque allí pagaban algo mejor que en tierras españolas. En primavera volvían a casa con dinero pero se cuenta que Francisco no quiso pagar las imposiciones del párroco local con el dinero de su sudor y el que les daría sustento y cobijo a Teresa y a su propia persona.

Tras intentar convencer en innumerables ocasiones al párroco de su intención de casamiento y de explicarle, una y mil veces que no podían pagar el impuesto para poder casarse, la negativa perenne fue en diferentes versiones la única respuesta del enviado de Dios local. Decidieron vivir juntos, lo que se suele llamar Vivir en Pecado, y, eso si que en la época estaba muy mal visto y por el cura más!

Este párroco estuvo como tal en Bausén durante 47 años, concretamente desde 1878 hasta 1925. La iglesia tenía mucho poder en toda Europa, hasta en los rincones más pequeños y desconocidos. En este periodo de tiempo, permitió ser felices a muchas parejas, gracias a su caridad obligada hacia la iglesia y la inflexión del cura si intentaban no pagar lo que éste exigía.

Teresa y Francisco tuvieron dos hijos. Tuvieron una vida plena y fueron felices durante años aunque nunca se pudieron quitar del corazón, la dolorosa espina que el capellán les clavó.  Ella, en 1916 enfermó de neumonía y el 16 de mayo de ese mismo año, su cuerpo no tuvo más fuerza y su corazón, dejó de latir. Teresa murió a los 33 años.

Pero la historia no acaba aquí.

Francisco desolado por la pérdida tan fulminante de su amada y madre de sus hijos, fue a ver al párroco para contarle que Teresa acababa de morir y le pidió que ella fuera enterrada en el cementerio del pueblo. El párroco ni siquiera se inmutó ante tal noticia y se negó ante tal comprensible petición para cualquier humano que se considere ante todo persona. Le dijo que en su día no quisieron ninguno de los dos, aceptar la condición que él les puso para poder casarse y que si vivir en pecado fue su elección, lo seria por siempre hasta la el fin de sus días y que no podía permitir que personas que hayan vivido en pecado, descansen toda la eternidad en el cementerio de Dios y gente de buena fe.

Francisco está abatido, desesperado casi ido por todo lo que acontecía en ese momento de su vida y en esa sacristía. Le imploró al capellán hasta desgastar todas sus fuerzas. No pudo entender semejante respuesta y tantas negativas ante su petición.

Al salir de la pequeña iglesia, pudo darse cuenta rápidamente que la noticia había corrido por todas las escasas calles del pueblo, incluso traspasaron sus gruesos muros. Toda la población sabía que Teresa había muerto y que Francisco había ido a hablar con el párroco sin poder lograr su deseo de nuevo. Los vecinos del pueblo conocían  mucho a Teresa y a Francisco, les tenían muchísimo cariño y tuvieron un gesto realmente loable, casi salido de un  bello sueño.

Se reunieron y decidieron construir en veinticuatro horas, un cementerio para Teresa antes de que el cura pusiera el grito en el cielo y se pudiera negar. Lo construyeron con sus propias manos, piedra a piedra, en un paraje precioso y conocido por todo Bausen. Es un lugar muy cercano al pueblo, que se encuentra en un sendero de camino a la montaña. Tras alejarse de la población y caminar unos 300 mts, existe un rincón que se conoce como El Coret. Este camino acaba en una explanada algo escondida, donde los jóvenes enamorados festejaban su amor, sin temor a que nadie les pudiera ver. Teresa y Francisco también estuvieron allí en sus años mozos.

En este lugar, se tienen unas preciosas vistas del Valle de Torán. Da la sensación de que se haya detenido el tiempo en ese lugar y la brisa que allí habita, te traslada suavemente al pasado.

Allí está el pequeño cementerio laico que los vecinos de Bausen levantaron con sus manos, rodeado por frondosos árboles, el lugar construido para ubicar la tumba de Teresa, siempre con flores y donde ella descanse en un lugar casi mágico. No hay, ni habrá jamás ninguna tumba más.

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Francisco, algunos años después,  al estallar la guerra civil Española, dejó el pueblo y se marchó junto a sus hijos a Francia, a una población fronteriza con el Valle de Arán que está cercana al pueblo y allí vivió durante años e iba muy a menudo al pueblo a ponerle flores a la tumba de su esposa. Muchos años después de finalizar la guerra, una vez instaurada la dictadura murió. Su última voluntad fue que quería ser enterrado al lado de Teresa, pero la burocracia franquista, lo impidió

Sus hijos hace algunos años que han fallecido. Ahora sus nietos y algún bisnieto, acuden a Bausen a cuidar la tumba de la abuela Teresa.

Él, jamás se volvió a casar. Solo tuvo un único y gran amor. El aire que alimentaba sus pulmones.

Ella, sigue sola en el cementerio. En el lugar donde siempre se recordará a dos grandes personas que lucharon con uñas y dientes por su unión y nadie pudo hacer que ésta dejara de existir. Una pareja de hecho, cuando serlo era un pecado, en lugar de ser una nueva opción para cobijar y alimentar el amor de dos personas. Dos personas con miradas hacia el futuro en un país conservador..

Cuando estuve en el cercado de piedra del cementerio respiré calma y me sentí imantada hacia el lugar donde Teresa yace. Es una sensación extraña, pero agradable. No dejé de pensar el ella durante horas. Una vida intensa y luchándola hasta el fin de sus días junto a la persona que más amó. Es algo realmente duro, difícil de sobrellevar y bello al mismo tiempo. Llamemosle vida, es algo llamado Amor.

 

Poetas

El poeta salta de verso en verso, viéndose inmerso en el compás de su poesía mientras su tiempo se detiene entre estrofa y estrofa. Mientras se acuerda de un agrio olvido. El olvido de un bello recuerdo marchitado.

Rima asonante, rompe las normas de las palabras correctas, de la consonancia general, del trámite obligatorio. La teoría de aquello que por imposición debe ser correcto porque si no, es tachado de ilegal. Esa consonancia, no cabe en el diccionario de su forma de pensar.

El poeta es libre, y defiende su libertad a capa y espada, le costó años conseguirla. Pretende compartirla y expandirla al mundo entero mediante letras sentidas, tatuadas bajo su piel. Para que nadie más, guarde sus ansias de libertad en el olvido y mantenga como un grato recuerdo con historia  y jamás sea el sello de una carta amarillenta enviada por un bello remitente, de un recuerdo marchitado.

Cartas

Vivir lejos uno del otro toda la vida nunca ha sido una traba. ¿Recuerdas nuestras largas conversaciones telefónicas? ¿Y la cantidad de veces que me pediste que te escribiera alguna carta? Quiero que sepas que guardé todas y cada una de las tuyas. Algunas tienen la tinta desgastada, de tanto desplegarlas y releerlas, una y otra vez.

Recuerdo como si fuera hoy, los enfados y las broncas que me echabas por no corresponderte. Nunca tuve tiempo para escribirlas. No supe de donde sacarlo o, algún día que lo tuve, vino la vagueza y me retuvo para hacerlo.

Pues bien, hoy te escribí una larga carta. Hoy he podido hacerlo y me duele inmensamente no haberlo hecho antes. Sabes que te quiero hasta más no poder y te pido perdón por no cumplir con un deseo tuyo, con algo que tu siempre has hecho, plasmar tus pensamientos en papel.

No te extrañes al encontrar estas letras que te envío sin sobre sellado. Encontré el tiempo que perdí. La eternidad me lo ha regalado a cambio de nada. Me recuerda mucho a tí.

¡Hola!

¡Desde luego, vaya tela! No puedo creer que me obviarás de esa manera. Nunca creí que me pudieras hacer tal cosa. La otra tarde, te vi caminar delante mío en la avenida cercana al colegio que está cerca de casa, estabas a pocos metros de mí y, el corazón empezó a dispararse y la respiración decidió acompañarle y se volvió entrecortada. Nerviosa te llamé, aunque no te paraste ni miraste atrás. Tal vez no me ha escuchado, pensé. Y volví a intentarlo, sacando la voz del lugar donde el silencio la tenía apresada y grité tu nombre con todas mis fuerzas. Seguiste camino, calle abajo, acelerando tu paso. No tengo duda que me escuchaste. Si no, ¿a qué vino este cambio de paso? La rendición para alcanzarte no existió y corrí hacia ti. Justo cuando empecé el tramo de bajada, no te vi. Desapareciste. No pude decir ni hola. Ya ves,  ni ¡hola!

Down

Empezaba a oscurecer. Te busqué por toda la empinada calle, en cada portal, en la bodega a la que siempre iba de pequeña a comprar vino y refrescos. No hubo forma de reencontrarte. ¡Maldita sea! ¡Cómo puedo haber tenido mis reflejos entumecidos y reacciones a cámara lenta a la hora de moverme! ¿O tal vez no ha sido cierto este episodio tan real?

Ya puedo anotar en mi libreta de lecciones aprendidas que otro refrán que creí inventado, es totalmente cierto: “Soñaba el ciego que veía, y soñaba lo que quería”. Esto es lo que me ocurrió. Creí ver lo que mi alma quiso ver y alcanzar.

“Amor sin celos no lo dan los cielos” y a mí, el cielo me encela, ese cielo nada predicador ni religioso. Si no en el que Avi te fue construyendo poco a poco a poco, con paciencia y tesón, y ayudado por Tete, mientras esperaban reencontrarte con ilusión. De ese cielo tengo celos, porque os tiene y yo no.

Entre la maleza

Nómadas de sentimientos errantes que se confunden entre la espesura de un jardín mal cuidado. Ajenos a las miradas de aquellos que tienen un techo donde resguardarse de la lluvia, el frío y el viento.

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Un jardín, lleno de maleza, de arbustos de colores pálidos, apagados y agónicos por falta de sustento, por el hambre que da un sueño, incumplido en el tiempo. Por la sed y el ansia de llenar sus raíces de alegría y vida. Por la necesidad de encontrar algo a lo que llamar hogar

 

¿Dónde están?

Cuantas veces hemos escuchado eso de: “las palabras se las lleva el viento”. Muchas veces es cierto, pero otras veces se llevan palabras que no han salido de nuestra boca y que estaban en nuestra mente, preparadas para ser escritas. En un momento de distracción.. puff, una ráfaga de traicionero aire, nos roba y todo nuestro pensamiento literario se esfuma. Y, ¿donde van a parar? Si, justo ahí, llegan a aquellos algodones que a menudo se acumulan en el cielo poco a poco, formando una imagen de foto.

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Con un suspiro

Desnuda está mi mente cuando estoy contigo. Conoces tanto el mapa de mi ser que, con un suspiro adivinas con solemne certeza cómo estoy. ¡El margen de error es tan pequeño! Se borra entre el mar de acierto.

Siempre has estado cerca arropándome y cosiendo las telas que he desgastado. No sabes lo que he llegado a aprender de ti.

Vistes de tantos colores mi ser, que olvido los días grises y el frío invernal. Nunca quiero quitarme estos ropajes, me dan cariño y calor. Pero se acerca de nuevo el duro invierno y me siento destemplada. El día se oscurece sin remedio alguno y mi sonrisa se apaga por momentos.

¿Donde estás? Quiero que adivines de nuevo que río de pensamientos navega por mi cabeza y no te tengo aquí .